La vida escolar es una vorágine de cambios; la infancia y la adolescencia conllevan una dinámica vertiginosa y llena de incertidumbres. Aquí les comparto una pequeña historia de mi etapa en el colegio Pedro Ruiz Gallo, durante los años de terrorismo y crisis social, la cual me enseñó valiosas lecciones para enfrentar la vida. Y si existe un Dios, debo reconocer que tuvo una forma maravillosa y oportuna de iluminar mi camino en momentos de oscuridad.
Un comienzo difícil en el colegio
Llegué al colegio Pedro Ruiz Gallo en cuarto de secundaria, expulsado de mi antiguo colegio en Huancayo por mi comportamiento problemático. Mis padres, separados y sin saber qué hacer conmigo, me enviaron a vivir con una tía en Lima. Mi tristeza y sentimiento de abandono eran inmensos, y todo en el PRG me parecía gris y hostil.
El balón que cambió todo

Pero un día, durante el recreo, caminaba solo por el patio de recreo del colegio, sintiendo la misma tristeza que no me abandonaba en esos días. Fue entonces cuando, sin esperarlo, un balón de baloncesto cayó directamente en mis manos, como si el destino quisiera enviar un mensaje. Sin pensarlo dos veces, lo lancé con toda la rabia y fuerza que sentía hacia el tablero, dejando que mi ira adolescente se expresara casi desde la mitad de la cancha. Para mi sorpresa, el balón entró perfectamente en la canasta. En ese instante, algo dentro de mí cambió para siempre.

Varios de mis compañeros, hasta ese momento distantes, se acercaron aplaudiendo y vitoreando mi increíble tiro. Uno de ellos, Gerardo, un chico de voz amable y sonrisa sincera, me invitó a unirme al juego. Aunque al principio me sentía reacio, acepté su invitación.

Mientras jugábamos, sentí que un juego de baloncesto era más que eso. Me di cuenta de que las relaciones humanas se construyen a partir de momentos de trabajo en equipo, nadie puede ser nada sin el otro, también de tomar las cosas con alegría y de no preocuparse tanto por ganar o perder, sino simplemente de entrar al juego que es la vida.

Ese día, el balón maravilloso no solo me mostró una transitoria habilidad en el baloncesto, sino que también me abrió la puerta a nuevas amistades. Gerardo se convirtió en un amigo cercano, siempre dispuesto a escuchar y brindar su punto de vista.

Descubriendo el poder de la amistad
Con el tiempo, el PRG dejó de ser gris y triste. Se convirtió en una gran familia donde aprendí a superar muchas cosas, pero sobre todo a afrontar la vida y estar alerta a cualquier balón que se aparezca en mis manos. Ese balón de baloncesto, que llegó a mí por casualidad, se convirtió en un regalo del universo que me hizo comprender que siempre hay una oportunidad de comenzar de nuevo y encontrar un lugar donde pertenecer.