"CUANDO DESPERTÓ JOSÉ DEL SUEÑO, HIZO COMO EL ÁNGEL DEL SEÑOR LE HABÍA MANDADO, Y RECIBIÓ A SU MUJER." (MATEO 1:24)
EL JOSÉ BIBLICO
La historia de José es breve, pero importante. Se comprometió con Dios para ser el padre terrenal de un niño concebido divinamente. Por alguna razón, Dios pensó que no era de buen gusto social que Jesús creciera sin la compañía de una familia terrenal. Y así, José, un humilde carpintero, encontró en María una esposa y en su hijo, Jesús, una responsabilidad sagrada.
En aquellos tiempos, ser carpintero no era poca cosa. José halló en su oficio una manera digna de sostener a su familia. Protegió a María y al niño Jesús de la furia de Herodes, llevándolos a Egipto. Más tarde, enseñó a Jesús el arte de la carpintería, convirtiéndose en su mentor y guía.
Sin embargo, la Biblia lo menciona muy poco. Nunca se supo que Jesús hablara de él y desconocemos cuándo y dónde murió José. En las páginas sagradas, su presencia es tan discreta que a veces parece desvanecerse tras la grandiosidad del relato de su hijo.
La Iglesia ha aceptado su santidad casi a regañadientes, quizás por pena. Su día, el 19 de marzo, se asocia con el Día del Padre en muchos países. Pero su vida y obra parecen disiparse frente a la grandeza de un hijo que, al parecer, solo lo acompañó cuando le fue útil.
Ser padre desde tiempos remotos
La paternidad es compleja. Para algunos, el padre tiene una figura significativa en toda su vida y, después de su muerte, su recuerdo persiste como un faro constante. Para otros, en una forma más animal, los padres son respetados y amados solo mientras son útiles, y luego son abandonados para seguir el ego o el deber de cuidar a sus propios hijos. ¿Cuál debe ser la ley de la vida?
Mi padre es un recuerdo recurrente en mi vida. Me crió, me apoyó en mi educación y me dio a su manera amor. Su pronta muerte dejó en mí el recuerdo de haberlo cuidado en su larga y penosa enfermedad, de haber tratado de paliar su dolor de cáncer con mis conocimientos de fisioterapia y sobre todo de haberle dado mi compañía. Pasar por la experiencia de ver sufrir a alguien querido, sin poder hacer nada más que estar allí, es una sensación indescriptible. Después de su muerte, su recuerdo ha permanecido en un sitio privado y especial en mi corazón.
Hoy, soy padre de tres hijos. Tal vez sea otro José en la historia, un padre cuyo amor quedará en las sombras, olvidados por Dios y los hijos. Solo el tiempo dirá la catadura de padre y la catadura de hijos que tendré. Pero en cada acto de paternidad, en cada enseñanza y protección, encuentro un reflejo de aquel carpintero silencioso, cuya grandeza reside no en las palabras, sino en los actos de amor y sacrificio que trascienden el tiempo.